Sociales TV | Danza viajera… de Michoacán a Querétaro

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“Necesitamos algo de apoyo, porque la mera verdad en la sierra de Michoacán no ha llegado nada de apoyo, mucha gente no tenemos ingresos por eso salimos a trabajar así”, cuenta Alejandro Francisco Rodríguez, danzante originario de Apatzingán, Michoacán.

Francisco lleva 7 años dedicándose al baile, pues pertenece a un grupo de danza indígena en Apatzingán, zona serrana del estado de Michoacán; baila en diferentes lugares para lograr el sustento diario y llevar comida a su mesa. Cuenta que incluso ha viajado a Zacatecas, Durango, Sinaloa, Hermosillo, Sonora, y ahora está en las calles de Querétaro, llevando alegría y color con la «Danza de los Viejitos».

Para él, como miles de mexicanos que trabajan de manera «informal”, en tiempo libre, así como bajo proyectos o creando arte en las calles, se ha vuelto todo un reto sobrevivir cuando todos están resguardados en sus casas. 

«Ahorita por la enfermedad del coronavirus no ha caído nada, apenas sacamos para comer», cuenta Alejandro.

La “Danza de los Viejitos”, se baila al peculiar ritmo de pirekuas, género musical que nació con los cantos religiosos de evangelizadores españoles, los instrumentos de cuerda, como la guitarra, violín y contrabajo, son los que marcan el ritmo en este tradicional baile y las composiciones que más se bailan son: “La competencia», “El trenecito», “El huarache» y “El gusanito».

Este ritual data de la época prehispánica, cuando bailaban cuatro hombres que representaban las estaciones del año, para danzar como ofrenda al Dios Viejo (Tata Jurhiata) al que también le decían Dios del Fuego; lo veneraban para tener buenas cosechas durante el año, llamándole a la danza en ese entonces «T’arche Uracua».

Posteriormente, a la llegada de los españoles, la danza fue prohibida, por lo que los chamanes se la enseñaban a los jóvenes a escondidas, dándole en ese entonces un giro completo al sentido del baile, puesto que ahora era una mofa a los cuerpos enfermos y decrépitos de los ancianos europeos.

El traje se conforma por los pantalones y la camisa que son de manta blanca, encima lleva un jorongo, también se apoya en un bastón de madera y tiene huaraches con suela de madera más delgada para que se escuche el zapateado, también llevan un hermoso y colorido sombrero de ala ancha con listones de colores y en ocasiones tiene injertos largos de fibra de zacate para aparentar la cabellera canosa; mientras que la máscara está hecha de madera o pasta de caña.

Seguramente te vas a encontrar por algún rincón de Querétaro a Alejandro Francisco, alegrándote el día con estos ritmos, pasos y colores; tú también puedes alegrar el suyo apoyando con lo que puedas y de buen corazón.

Zaira Montoya/Sociales 3.0