Pilar de la Generación de la Ruptura, diseñador gráfico vanguardista e innovador, figura señera del arte editorial en México y fundador de suplementos culturales, Vicente Rojo falleció a dos días de haber cumplido, el pasado lunes, 89 años.

Nacido en 1932 en Barcelona y llegado a México a los 17 años, el artista fue artífice de una obra de una ubicuidad tal que parece haber permeado todos los aspectos del quehacer cultural mexicano del siglo pasado.

Diseñador, pintor y escultor, es reconocido como uno de los mayores exponentes del abstraccionismo en México, como parte de una generación que rompió moldes, junto con Manuel Felguérez y José Luis Cuevas, entre otros colegas, quienes se opusieron a los dictados de la Escuela Mexicana de Pintura y al muralismo mexicano.

«Yo siempre he tenido la preocupación de qué pasará si al margen de la belleza, del contenido específico de los murales, con el tiempo a alguien no le gustan; esos murales no se van a poder quitar porque están hechos en la pared», dijo Rojo alguna vez, sobre la sensación que le ocasionaba la obra de los muralistas.

Día tras día, de manera cotidiana, estudiantes y visitantes al Centro Nacional de las Artes se encuentran cara a cara con una de sus obras: el antimural de mosaicos, sin firma, que se ha vuelto uno de los símbolos del recinto.

«Cuando el arquitecto Legorreta me pidió cubrir este espacio del Aula Magna, yo pensé que tenía que alejarme completamente de lo que se considera el muralismo de intenciones políticas», según decía sobre su obra en la Plaza de las Artes, un punto de reunión luminoso y de encuentro.

Y es que los ojos y la sensibilidad de Rojo siempre estuvieron ligados a un quehacer más cercano a las preocupaciones del espíritu que a las proclamas políticas de los discursos que lo antecedieron.

«Yo creo que todo el mundo está regido por la poesía, sin que se sepa, sin que se note. Algunos dicen que al mundo lo mueve la economía, pero yo he querido creer, pensar, ilusionarme con que lo que mueve al mundo es la poesía», como declaró alguna vez.

Parte de las generaciones ilustres de españoles que llegaron a México como consecuencia de la Guerra Civil, Rojo arribó al País para reunirse con su padre, Francisco Rojo, quien como miembro del partido socialista español que tuvo que exiliarse en el vapor Ipanema en 1939.

«Soy mexicano, vivo como mexicano y mantengo la misma pasión que cuando llegué a México en 1949. Me dura el mismo enamoramiento, todavía», dijo a este diario en 1994, sobre el país que sabía suyo.

A su llegada, Rojo aprendió rápido el oficio de diseñador, a la par del de pintor, pues siempre renegó de la noción de sentirse, en sus palabras, inútil.

«A mí nunca me gustó hacer un diseño para que dijeran: ‘Qué bonito es’, sino para que se leyera o para que se fuera a ver una película o para ir a un concierto. Lo que me interesaba era la utilidad, sentirme útil», según contó alguna vez a REFORMA.

Un jovencísimo Rojo, un «joven maestro», como lo llamó Adolfo Castañón, comenzó su trayectoria como diseñador editorial al dedicarse al cuidado de las ediciones conmemorativas y especiales de la mítica Librería Madero, un enclave para la intelectualidad de los exiliados españoles en el Centro Histórico.

En esa librería, cuyo fundador fue Don Tomás Espresate, con su correspondiente imprenta, surgió uno de los proyectos editoriales insignes de la literatura mexicana: Ediciones Era.

Bautizado con las iniciales de sus fundadores, Neus Espresate, Vicente Rojo y José Azorín, la revolución que supuso la creación de la editorial es palpable en su catálogo, que tiene clásicos como La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, y Los indios de México, de Fernando Benítez.

Era, además, puede preciarse de tener entre sus autores a gigantes de su época como Octavio Paz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Gabriel García Márquez y Augusto Monterroso, todos con portadas hechas por Rojo.

Siempre en movimiento, Rojo también fue colaborador de Artes de MéxicoMéxico en la CulturaPlural y la Revista de la Universidad, entre muchas otras publicaciones.

La noticia de su fallecimiento enlutó gravemente a la comunidad cultural.

«Vicente Rojo (1932-2021) prefirió la labor de pintar a la idea del pintor. Fue el más grande diseñador gráfico y un editor tan decisivo como discreto para nuestro siglo XX. Su izquierda era lucidez, inteligencia y serenidad. Me duele pensar que desde hoy sonríe en ausencia», escribió en su cuenta de Twitter el curador Cuauhtémoc Medina, quien junto con Amanda de la Garza curó en 2015 Escrito/Pintado, retrospectiva con 400 piezas de Rojo en el Museo Universitario de Artes Contemporáneo (MUAC).

«Rojo, entre tantas de sus creaciones fundamentales de nuestro tiempo, fue fundador de @artesdemexico. Su partida nos deja en una horrible orfandad. Amigo de los más queridos y admirados. Presencia siempre cercana, siempre imprescindible», tuiteó también Alberto Ruy Sánchez.

«Gran pérdida la de Vicente Rojo, artista ineludible del México moderno, diseñador generoso, eterno amante de los libros, cómplice de pintores, escultores, escritores y poetas, hombre sereno y cabal. Un fuerte abrazo a Bárbara Jacobs y a su familia», apuntó, por su parte, Jorge Volpi.

También miembro de El Colegio Nacional y Premio Nacional de Ciencias y Artes, Rojo deja un legado insoslayable, presente en cualquier lugar, de manera ubicua, donde se muestre pintura, se impriman libros o se haga escultura en México.

Redacción Sociales 3.0